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jueves, 12 de febrero de 2026

Vivir bien Capitulo VIII

Hola, mucho gusto. Me desaparecí por bastante tiempo. Lo lamento; la escuela y el trabajo me tienen ahorcado y decidí, por si no fuera suficiente, volverme streamer… o al menos intentarlo. Y así terminé con todo el tiempo de sobra que tenía.

Pero bueno, siguiendo con la línea del blog, te conté que un chamaquito de 13 o 14 años se portaba como si fuera un maldito gánster. Eso sí que fue ridículo, pero lo disfruté.

En esa época todo era risas y diversión. Nunca me preocupé por la escuela ni por cultivar mi cabeza; lo hacía, pero sin tener la menor idea. Todas las mañanas, los martes y jueves, prefería quedarme en la biblioteca leyendo un libro en lugar de asistir a la asquerosa clase de educación física de “Coco”. Odiaba sus clases como no tienes idea.

En fin, mi libro favorito fue uno de Jaime Sabines que se llamaba Cartas a Chepita.

Con el tiempo, mi fascinación por las novelas fue creciendo. Fue como vivir dos vidas paralelas: por un lado, un adicto; por el otro, un novelista. Vaya lío. No me había interesado en nadie de forma romántica hasta ese momento; ni siquiera me pasaba por la cabeza. Pero esas lecturas me hicieron ver las cosas diferente. Fue así como, por primera vez, mi gusto por una chica apareció.

Por supuesto, no revelaré su nombre por si en algún momento lee esto. Era una chica muy linda en aquel entonces, un año menor que yo, con un pasado cuestionable. Y aun así lo intenté. Estupidez por mi parte, ya que en esa etapa la superficialidad está por encima de todo y, si te soy sincero, no soy nada atractivo.

No recuerdo mucho más que pequeñas interacciones, pero fue una experiencia muy agradable. Lastimosamente no funcionó para nada. Dejando de lado el físico, en aquella época no tenía nada más que aportar a una relación, menos aún con una vida tan problemática.

En el 2016, luego de múltiples fracasos, conocí a una amiga algo peculiar. Y cuando digo “conocí”, quiero decir que estaba en el mismo grupo que la chica de la que me había enamorado y, en alguna que otra ocasión, me ayudó a hablar con ella, aunque también se reía de mis intentos.

Se volvió muy importante en mi vida. Sin contar a nadie de mi familia, era la segunda persona que más amaba en aquel entonces. Recuerdo que la primera vez que la vi estaba en su casa —Dios sabe por qué— con sus amigas y un amigo, haciendo un pay de limón, mientras yo ya estaba colocado. No sé cómo me dejó entrar en ese estado, pero le agradezco que no me haya dejado afuera.

Liz siempre fue muy amable conmigo. Me encantaba estar con ella y pasar tiempo juntos, aunque eso pasaba poco. Tuvimos una amistad un poco caótica y, en parte por mi culpa, la cambiaron de secundaria. No era mi intención, pero sí fue un poco mi responsabilidad. Nuevamente, todo gracias a mi adicción.

Aun así, de vez en cuando nos volvíamos a ver y yo era más que feliz. A veces la extraño, pero la vida de ambos ya tomó rumbos diferentes. Siempre la estimaré y la querré como a una verdadera amiga.

Estoy harto de contar esta etapa tan desastrosa, así que me saltaré al final.

Un jueves por la tarde, mi hermano me delató. Encontraron marihuana y otras cosas en mi mochila que claramente los preocuparon. Apelé, evidentemente, a que no eran mías, pero las libertades se terminaron y la estructura familiar se vino abajo. Un problema que desencadenó muchísimos más.

Estuve a punto de irme a un anexo, pero tuve que tomar una decisión: inscribirme en una preparatoria lo más lejos posible y realizar el trámite solo, para demostrar interés. A fue clave en todo esto y, en general, en todo el tiempo que estuvimos juntos en un aula.

De ella no te conté, pero realmente fue mi hermana durante bastante tiempo. La amé, la amo y la amaré por siempre. Aunque ahora creo que es una clasista de porquería, haha… la sigo queriendo.

Por cierto, quiero dejarte una pregunta a tí si aun me estas leyendo, quiero comenzar una pequeña novela apocaliptica de zombies aquí en mi blog, como una segunda linea de temas, pero me gustaría saber si la leerías :)

lunes, 22 de septiembre de 2025

Capitulo VII Continuación

No recuerdo bien cómo era ese director, pero sí recuerdo bien a su subdirector: un cabrón que parecía menonita y llegó con una cabra para sacar leche y quesos. Era una situación extraña, y creo que por eso lo recuerdo más.

Cuando él llegó, lo primero que hicieron fue poner a los prefectos a dar rondines durante las mañanas y en los recreos, en los lugares donde más se reportaba el olor a marihuana. Estuvieron así un tiempo, pero rápido aprendimos sus patrones de vigilancia y, al final, era como si no hubiera nada. En medio de esa situación, un tipo al que le llamaban “Sureño” quería tener una pelea con alguien de nuestro grupo solo por defender a un tipo debilucho y flacucho. Al cabrón ese se lo llevaron unas personas de un anexo en una conferencia que nos dieron.

Ese día de la conferencia fue el día que más cerca estuvieron de atraparnos. Durante el recreo estábamos fumando marihuana en los salones de la esquina y, para nuestra mala suerte, unas mocosas de primer año se acercaron a nosotros para fumar también. En ese punto, la persona que estaba vigilando si alguien se acercaba dejó de prestar atención y nos olvidamos por un momento de eso. De repente, doblando la esquina a escasos 10 metros de nosotros, venía el prefecto más cansino de todos. Ya nos había visto y gritó: “¿Qué están haciendo ahí?”. Rápido corrimos hacia la parte de arriba, donde había unos bambús. Las niñas, idiotas, se fueron hacia abajo y los prefectos las siguieron primero a ellas. Gracias a Dios pudimos desaparecer siguiendo ese camino.

Cuando salimos nuevamente frente a dirección, lo primero que hicimos fue ponernos gotas en los ojos y separarnos cada quien por su lado, pero con un punto de reunión. Juan me dejó a cargo de comprar unas cosas en la cooperativa, así que me quedé ahí. Mi sangre se heló cuando, de repente, sentí la mirada del prefecto a lo lejos, y ahí estaba. Tal vez fue mi paranoia o su mala visión, pero compré lo que necesitaba y me fui de inmediato de ahí, como si hace unos momentos no me hubiera cagado de miedo por lo que probablemente hubiera sido expulsión y anexo.

Creo que su mala vista no le permitió reconocernos, porque pasamos ese día como si nada hubiera pasado: con el corazón a mil por hora, pero a salvo, cada quien en su butaca, esperando que entraran por la puerta y comenzaran a sacarnos uno a uno para hacernos preguntas y darnos de baja. Por suerte eso no pasó y fue la única vez que estuvimos tan cerca de ser atrapados. Creo que de los errores sí se aprende. Durante ese lapso de segundos no pensaba en nada más que en drogarme y seguir disfrutando mi vida. Pero, como te dije, mis relaciones siempre han sido caóticas.

Tenía un grupo de amigos dentro de los VL y los trataba bien, o eso creía. Mi mejor amigo no le apetecía cambiar lonche conmigo, o al menos eso pensaba él, pues a mí siempre me decía que sí. Nunca imaginé que algo así podría hacerlo dejarme de hablar durante mucho tiempo. El gordo hijo de puta de Ed lo convenció de que los trataba mal y que estarían mejor si se alejaban de mí. Tengo que aceptar que a uno o dos sí los trataba mal, pero a mi mejor amigo le di todo de mí y siempre lo cuidé como a un hermano. Solo Dios sabe sus motivos reales, pero lo de la comida fue lo que me dijo.

Jos, por su parte, nunca me dejó. Quedamos solos él y yo. Tan leal, tan genial… por eso le va tan bien ahora. Lamentablemente, tuve que decirle que estaría mejor con ellos que solo conmigo.

Ese día comenzó un camino hacia la redención por mi parte. Me quedé solo, totalmente solo.

Tuve que hacer nuevos amigos. En un grupo de 40 personas y una escuela de 500 y cacho, había de dónde elegir. Me junté en el recreo con un grupo de chicos que parecía que vivían en la basura o en las condiciones más precarias existentes. Olían horrible, pero eran agradables y parecían leales. Estuve como dos semanas con ellos hasta que llegué con Juan. Me aceptó y así terminé siendo parte de los VL como miembro leal. Ahí comencé a conocer a muchas personas de la secundaria. Apenas estaba en segundo e iba empezando el año, me quedaba bastante tiempo por delante. En ese entonces, el tiempo corría más lento.

Comencé a traerles droga y a guardar dinero de mis comidas —cuando me daban— para poder seguir comprando. Empezamos a salir, buscando puntos y conociendo gente que nos pudiera vender droga para revenderla dentro de la escuela. No me arrepiento, fue bastante agradable esa experiencia. Ahí fue cuando conocí a dos personajes importantes más: G y M, dos hermanos que se metían lo que fuera por donde fuera. Eran muy leales; para este punto yo ya valoraba bastante la lealtad, era una cualidad imprescindible en las personas cercanas a mí. Ya sé lo que piensas: ¿todo eso en chamacos de 13 años? A mí también me parece un puto chiste. Es mucho menos genial de lo que recuerdo; ahora me da pena.

Capitulo VII Todo tiene una razón de ser

Todo tiene una razón de ser, está de más decir que cualquier acción, por mínima que hagamos, tiene repercusiones importantes en todo lo que nos rodea. A eso se le llama efecto mariposa, o algo así. Mientras pasaba mi vida como adolescente no creía en esas tonterías, ni siquiera era consciente de mi propia existencia, no pensaba en nada más allá del día siguiente. Quizá eso le pasó a todo el mundo; al menos, para mí, así estaba bien, no necesitaba pensar más allá de unas horas.

Si de chico me hubieses dicho que mi sueño era convertirme en investigador o cursar una licenciatura, seguramente te habría dicho que sería una pérdida de tiempo y que ser soldado sería algo mejor. Seguramente ese era mi destino ideal, pero alguna cosa que hice durante mi adolescencia cambió el rumbo de mi vida. Seguramente no estaría escribiendo esto y, de conocerme, nunca lo hubieras hecho. Probablemente estaría parado bajo la lluvia, drogándome y muriendo de la forma más miserable posible bajo un pedazo de cartón. Sea como sea, agradezco a Dios que las cosas no pasaran así.

Como bien sabes, mi vida hasta ahora ha sido bastante normal y seguirá siendo bastante normal. Comencé a drogarme quizá a los 12 o 13 años, no recuerdo el dato exacto, pero sí recuerdo muy bien la primera vez. Todo tiene un inicio y todo tiene un fin. Mi vida no tenía ningún valor para mí, quizá sí para mi madre, tal vez para mi padre. Y tomé una decisión: fui yo quien estaba detrás de esa tapa de lapicero BIC azul. Aunque mi madre siempre se culpó por mis acciones, sinceramente no tuvo nada que ver; me dio su cariño, amor y cuidado siempre. Pero, como escuincle, siempre buscas la forma de decepcionarlos inconscientemente.

Era un lunes, a las 6:45 de la mañana. Tenía la materia de Tecnologías; secretariado y ofimática, en realidad. Ese día llegué desde muy temprano, porque me desperté temprano. No sabía que mi vida cambiaría para siempre por esa decisión. Unos compañeros se reunían afuera del salón: los casos perdidos. Hacían una pequeña bulla que, sinceramente, llamaba mi atención. Olía raro, era un olor diferente, parecido a la basura quemada, pero con un toque de plástico derretido. No tenía ni idea de lo que era y solo había escuchado rumores sobre la marihuana.

Solo rumores. En la primaria solo me advirtieron sobre tener relaciones y dar besos de boca, pero jamás había escuchado de compartir una tapa de lapicero con un poco de hierba y babas de muchas personas. Ellos no me obligaron, ni siquiera me ofrecieron. El solo ver cómo salía el humo de sus bocas era lo suficientemente atractivo para mí: parecían chimeneas con tanto humo. No pensé que me atrevería, no tenía ni idea de cómo era. Sabía que era malo, pero, ¿por qué era malo? ¿Quién lo decidió? Yo no. Así que le pedí a Chucho que me diera un poco. Me preguntó si estaba seguro y, tras mi afirmativa, me dio la tapa y el encendedor. Me enseñó cómo hacerlo y acto seguido lo hice: una bocanada de humo, seguida de una tos de perro, inundaron mi mañana.

La primera vez no sentí nada. Solo estaba mareado y con los ojos muy rojos. Tenía una pequeña risa inexplicable y un apetito voraz. Aun así, no me sentía tan diferente. Continué mi día con normalidad, haciendo lo que siempre hacía en la secundaria: nada. Me senté con mi único amigo en ese entonces y le conté cómo era. Le pedí que, por favor, no lo hiciera. Sabía que estaba jodiendo algo en mí y no quería que mi nuevo amigo hiciera lo mismo. Pasaron las horas y, en el recreo, lo volví a hacer. Ya no me importaba nada más en ese punto, solo quería sentirme como ellos juraban que se sentían. Y así pasó. A partir de ahí no había punto de retorno. Me gustó la sensación y quería repetirla. Los problemas surgirían después, como siempre pasa: después.

Comencé a fumar marihuana todos los días, por la mañana y en los recreos, excepto los lunes que había honores. Poco a poco me fui volviendo un descarado, pero precavido. Llegó un punto en el que no me importaba ni traer los ojos rojos, ni entrar con un tostón de marihuana en las bolsas, ni ver cómo pasaban a revisar nuestras mochilas por la sospecha que tenían debido al maldito olor incesante durante el día. Sabía cómo esconderla y dónde tirarla si algo así pasaba. Sabíamos cuándo nos iban a revisar y por qué. No sé cómo unos chamacos de secundaria podían mover así droga dentro de una institución, pero así fue. Estaba totalmente perdido en la adrenalina y el éxtasis que me provocaba drogarme dentro de la secundaria y que nadie pudiera atraparme.

Formamos un pequeño colectivo. Nos hacíamos llamar los “Vatos locos”, por una película que vimos en alguna clase. Niños estúpidos, pero niños al fin y al cabo. Teníamos un grupo rival que grafiteaba todas las zonas con “KNE”, que era de un grupo de tercer año. Nuestro líder —al que llamaremos Juan, y solo Dios sabe cómo lo hicimos líder— era el mejor agrupándonos y controlando a todo el grupo. Nos volvimos inquebrantables… hasta que cambiamos de director y todo se fue al carajo poco a poco

domingo, 21 de septiembre de 2025

Capitulo VI No todo es bello

Mi paso por la secundaria fue bastante agradable y, a la vez, triste. Primero, corté los lazos con una persona que quería muchísimo y, segundo, no tenía idea de cómo terminaría mi vida en esos tres años. Siempre pensé que en la secundaria me recuperaría —hablando de mi estado académico, claro—. Salí de la primaria con un promedio de 8.32 y no fue diferente en la secundaria, de hecho, fue peor. Pero creo, al menos, que fue totalmente mi culpa y no de los maestros. De cualquier forma, no le eché ganas y solo estoy aquí para contarte sobre eso.

En la secundaria comienzan cambios importantes en el cuerpo: creces, tu voz cambia, tus pensamientos cambian y tu olor también cambia, especialmente si no tienes una rutina de higiene personal adecuada. Mi cambio fue más o menos progresivo; nada de vello extra, ni siquiera en las axilas. Mi voz se quedó en un tono medio, ni grave ni agudo. No era fuerte ni delgado, era un gordito gracioso solamente. No tengo ningún problema con eso, pues gracias a mi corpulencia dejaron de molestarme desde la primaria.

Recuerdo que la primera vez que peleé con alguien fue con un compañero de primaria con el que comía todos los días en el comedor de la escuela y platicábamos mientras comíamos. Fue raro porque él siempre fue el bully de la escuela, se sentía muy chingón, hasta que un niño al que le decían Chovis le puso un “estate quieto”. Ese compañero me tuvo amenazado con 5 pesos durante todo un año. Creo que terminé pagándole más de lo que debía, y es que en una ocasión me mandó a la tienda y me ofreció que me comprara algo de cinco pesos. Lo hice, y cuando regresé, muy molesto me dijo que era un ratero, que se los iba a pagar y que si no me iba a madrear. Pinche gordo imbécil, si no fuera porque era un debilucho cualquiera, le hubiera dado sus buenos madrazos.

En fin, nos peleamos y, en el recreo de ese mismo día, estábamos comiendo bien a gusto: yo algo rasguñado y él con los ojos bien rojos de haber llorado. Nunca lo olvidaré. De ahí en adelante, mis relaciones siempre fueron caóticas.

Bien, siguiendo la linea, en la secundaria hay cambios, en especial en la forma de relacionarnos con el sexo opuesto. Por supuesto las niñas también cambian, empezaban a verse y ser agradables, en especial para la bola de urgidos que queríaN con todas sus ganas tocar un par de senos y una nalga con apenas 12 años. No me malentiendas, respeto la sexualidad de las personas pero me parece algo de bastante mal gusto hablar de eso mientras miras a tu compañera de clase. 

Teniamos una compañera a la que todos mis compañeros calificaban como "la más buena", sin fundamento alguno, más que sus hormonas en descontrol. Claro que era muy linda, sin embargo no se merecía todo el acoso que le dieron los tres años, aunque era sutil y en silencio, estaba ahi. Su cuerpo era proporcionalmente más grande que el de mis demás compañeras, por eso la mayoria deseba estar cerca de ella y es a donde va mi historia. 

Ella fue mi compañera de clase desde el Kinder y era bastante insoportable conmigo, supongo que por el hecho de ser moreno pues siempre fue bastante rasista, no me caía bien, fue parte de las personas que pasivamente hacían mi contacto con mujeres una odisea.  La llamaremos Ale.

Quiero creer que Ale no se daba cuenta de las intenciones de mis compañeros, pues en una ocacion haciamos una actividad en la que tenias que subir a alguien a tus hombros, por supuesto mi mejor amigo hasta ese entonces logró convencerla pues se le daba bastante bien ser un afeminado que se amistaba con mujeres para poder estar cerca de ellas mientras las desnudaba con la mirada. En fin, ya arriba suyo la manoseo como si no hubiera un mañana. Ella se bajo y algo desconcertada pero inocente no le tomo mucha importancia pero su novio sí.

Cuando entrábamos, Dios sabrá cómo, ella ya tenía, a los tres días, un noviecillo de esos que no pueden con las de su edad y deciden manipular a las de nuevo ingreso. Su nombre me lo reservo, pero era un güero con chinos y ojos de color, bastante estúpido. No dudó ni un segundo en intimidar a un niño de primero y amenazarlo con darle una “madriza”. Ese día K se cagó de miedo y, durante el recreo, se dio todo: estuvo a punto de llorar sin ni siquiera empezar nada. Fue su primer contacto con la realidad y, aunque no lo golpearon, aprendió a no hacer ese tipo de cosas.

Después de esa primera gran experiencia, las cosas se desarrollaron medianamente normal. Y digo “gran experiencia” porque, al ser su amigo, viví todo muy de cerca.

Como te conté desde el principio de este blog, nunca tuvimos una solvencia económica. Aun así, mi madre siempre intentaba llevarme comida y, rara vez, me daba algo de dinero para comprar un lonche. Yo, por supuesto, prefería no comer y gastármelo en un ciber cerca de mi casa durante tres horas. Aunque tenía un mejor amigo, me seguía sintiendo solo. No pude hacer amistad con las personas de mi grupo durante el primer mes. Había un tipo bastante molesto al que le decían “Pechugas”, hijo de perra; todos los días deseaba que se saliera de la secundaria.

Los primeros tres bimestres fueron un asco. No hubo nada que recordar, más que las remendadas que tenía que darles a mis pantalones cada tres días. No hubo nada… hasta inicios del próximo año, cuando mi mundo comenzaría a tener color, vida, alegría.

Recuerdo verlo sentado junto a K, una mañana lluviosa: tan pálido, tan inocente. Recordé haber tenido una interacción con él en la primaria, pues solo estuvo como tres días en nuestra escuela y lo único que me dejó fue sacarme el dedo medio. Nunca imaginé, cuando lo conocí, que sería mi razón de ser. Desde ese momento, todo fueron alegrías, pero solo para mí, pues, como te conté, mis relaciones siempre han sido caóticas. Nunca olvidaré sus ojos cafés.

Conectamos desde el principio y esa conexión, al día de hoy, se perdió. Espero algún día saber cuál fue la razón de mi olvido e intentar remediarla. Lo amaré por siempre, pues fue mi primer hermano de otra sangre.

domingo, 14 de septiembre de 2025

Capitulo V La continuidad de las cosas

Realmente creía que seríamos amigos para siempre. A veces aún la recuerdo y me arrepiento tanto, tanto de haberle hecho eso. Soy una persona que difícilmente toma decisiones, pero cuando lo hago, cometo los errores más grandes de mi vida. Como te conté antes, ella era mi razón para ir a la escuela, lo digo con sinceridad. Eso siempre ha sido repetitivo en mi vida.

En fin, recuerdo mucho que en los exámenes nos ponían a leer algo que conocía como La Guía Santillana. Mi mamá hacía un esfuerzo tremendo para comprarla y yo la aprovechaba bastante poco, hasta que un día una maestra, con el pretexto de que pudiéramos estudiar más, nos sacaba del salón si veía que la leíamos con mucho esmero. Así, ella me dijo que me concentrara demasiado para pasar el rato afuera. Por supuesto, en cuanto eso pasó, mi amigo se dio cuenta y empezó a replicarlo. A veces ya no sabía qué hacer, me incomodaba ver su incomodidad. Me hubiera gustado que ninguno de los dos se gustasen.

Inscribirme a la secundaria fue un martirio. Para este punto mi papá ya estaba conmigo, pero casi nunca estaba en casa. Mi mamá se la pasaba trabajando. Yo tenía que hacerme cargo de ese trámite, y no lo hice. Solo fui a hacer mi examen de colocación de grupo. Había quedado en el "B", con la tecnología de computación, pero al no presentarme a tiempo no quedé inscrito, y el primer día de secundaria me dieron el espacio que sobraba en el grupo "C", el mejor grupo del mundo. No sabía aún con quién iba a estar ni si volvería a ver a mis amigos, pero ese día, ese maldito día…

Era un día lluvioso de agosto. La lluvia era una pequeña brisa, nada exagerado. Yo, con mi pantalón remendado, mi suéter flojo y mi camisa planchada, caminaba buscando mi grupo, buscando con quién poder estar, mirando las caras y buscando un conocido. Mis zapatos negros ya sin figuras de dragón, porque ya había pasado esa etapa, con el corte escolar más pelón que me pudieron hacer. Siempre fui de cabello corto.

Encontré una pancarta que decía "1C". Era ahí, en medio de la explanada del lado izquierdo. Un niño que apenas salía de la primaria, rodeado de cabrones de tercero que ya se drogaban hasta por las orejas. ¿De verdad era todo tan hostil como lo recuerdo? No tengo ni idea, pero sí recuerdo muy bien que en ese mismo grupo estaba K. ¡Dios mío, qué alivio! Otros tres años con alguien que conozco perfectamente y no necesito volver a conocer.

Sé que te preguntas si no la busqué, si no le pregunté, si no traté de contactarla durante todas las vacaciones. No tenía cómo: ni celular, ni su número de teléfono, ni siquiera la certeza de si la volvería a ver, pues según yo no iríamos a la misma secundaria. Nunca me contó cuál sería. Pero aquel día, mi mirada por supuesto la buscaba. Tenía la esperanza de encontrarla. Cuando terminó el evento cívico de bienvenida y los grupos comenzaron a dispersarse… la vi. Estaba parada en medio de la explanada, pero justo al otro lado. La escuché decir mi apodo mientras levantaba su mano saludando. Su voz tan peculiar, su sonrisa tan amena, su figura tan pequeña. Sus ojos estaban viéndome directamente. Estaba ahí, mi mejor amiga. Pero al lado mío estaba k, quien juró no volverle a hablar…

No quiero que me juzgues. Sé que estuvo mal, y todos los días de mi vida hasta hoy me arrepiento de la decisión que tomé.

La ignoré. Me di la vuelta y seguí mi camino. Dejé todo detrás, por una amistad que no valió tanto la pena.



lunes, 1 de septiembre de 2025

Capitulo IV no todo tiene que tener un titulo

Hola, querido lector(a). Han sido días bastante complicados; nunca había tenido una carga de trabajo como la que me acecha ahora. Siempre pensé que tener el día ocupado era bueno porque hacía que el tiempo corriera más rápido. Ya no creo que sea así. Desde que decidí trabajar en este lugar siento que mi vida solo va y viene de un lado para otro. Ni siquiera me han pagado y no tengo la certeza de cuándo lo harán. He estado bastante ausente del blog; aunque prometí tratar de escribir diariamente, no puedo sostener una promesa así, pero prometo seguir escribiendo.

Estoy trabajando en mi investigación para mi tesis. No pensé que fuera tanto trabajo… bueno, sí, pero no tan exagerado. Este es mi semestre más pesado de trabajo. Creí que el primero, en donde iba de 8 de la mañana a 10 de la noche, era duro, pero es nada comparado con este. En realidad, tengo el mismo horario, pero la carga de trabajo es considerablemente superior.

Recuerdo cuando era solo un niño en vacaciones de verano, o en cualquier día. No tenía que trabajar, solo tratar de portarme bien y no matarme en el intento; era difícil aunque no lo pareciera. De niño nunca pensé que el sentimiento de soledad fuera tan duro. Recuerdo preferir espacios cerrados, poca gente, nada que decir ni mirar. Eso era reconfortante para mí hasta que comencé a desear ver a alguien todos los días, no solo a mi amigo K, quien estaba siempre conmigo. Yo no creía que la amistad entre un niño y una niña fuera posible.

Te cuento que de niño sufrí mucho por parte de las mujeres. Ahora no lo parece porque soy muy obeso, pero antes era un niño chaparrito y escuálido. Esas infelices me molestaban de todas las formas posibles: física y psicológicamente. Algunas me pellizcaban, maldecían e insultaban por mi color de piel. Creía que entre un hombre y una mujer no había más que rivalidad y odio. No sabía por qué eran así conmigo, si tampoco es que hablara mucho en clase, y cuando lo hacía recibía una negativa ante cualquier interacción. Será por mi físico, supongo.

Tengo amigas que, desde el kínder hasta el día de hoy, me acompañan; solo las que no hacían nada de lo que mencioné antes, claro. Conocí a mi primera amiga en la primaria. Anteriormente conocí a una chica, pero era pura atracción lo que sentía por ella; sin embargo, tuve que deshacerme de esos sentimientos porque mi mejor amigo de ese entonces juraba amarla. Yo no sería ninguna clase de chapulín, por supuesto. En fin, era cuarto de primaria cuando, de un día para otro, ingresó una niña nueva a nuestro salón. Era escuálida y pequeña como yo: cara pequeña, nariz respingada, pelo negro y oscuro, cortito; algunas pecas en el rostro, y su voz era peculiarmente agradable. Llevaba un saco rosado con peluche en algunas partes. Tenía unos ojos muy lindos y una sonrisa discreta, pero bonita. Por supuesto, no gustó de mí; el odio interiorizado hacia mi género opuesto me lo impedía, pero sí de mi mejor amigo.

Nos sentamos en la misma mesa; nos juntaban de cinco o seis en un solo círculo. Por supuesto, nos sentamos con ella porque K así lo quiso y yo le seguiría a todas partes. En cuanto comenzó a hablar, su voz me atrapó. Muy en el fondo esperaba que fuera tan grosera como las otras niñas. Ese día, el bully del salón la tomó del cuello (supongo que también le pareció atractiva) y no tuve más remedio que ganarme unos cuantos golpes ese día por defenderla. Pero ella lo hizo sola; aquel imbécil solo se fue con la cola entre las patas. Eso me hizo interesarme más en ella. Mientras más pasaba el tiempo, más curiosidad tenía y más ganas de hablar con ella. Si no fuera porque un día nos quedamos solos, nunca le hubiera hablado.

Platicamos todo ese día; terminé encantado de conocerla. Teníamos muchas cosas en común: música, comidas, colores, actividades. Ella era una famosa cantante infantil y yo… bueno, yo era yo. Me mostró varias cosas suyas, como vestidos; yo estaba fascinado con todo lo que veía. Comenzamos a hablar por semanas y meses, hasta que, sin pensarlo, de un día para otro ya era parte de mi vida, de mi día, mis horas y mis minutos. Fue la primera persona que en verdad amé como a una hermana. Fui el último en mi familia, así que esta era la primera vez que me sentía así. Anhelaba volver a verla, platicar y pasar tiempo juntos. Nunca tuve ningún gusto oculto hacia ella, realmente la amaba; nada romántico hasta ese entonces, pero un día comenzaron las burlas.

Afortunadamente, pese a todas las burlas que nos hacían, ella siempre defendió nuestra amistad y nunca se distanció de mí, y de la misma forma yo correspondí esa amistad. El tiempo no nos hizo extraños y comenzamos a crecer, ambos. De un año a otro ya no era ese niño al que pisoteabas sin pena. Di el estirón y algunos comenzaron a tener un miedo infundado hacia mí, aunque nunca fui agresivo y, por supuesto, tampoco sabía pelear. Ella, por otro lado, seguía siendo la misma, pero con más edad… y con un acechador detrás, por supuesto: K. Estuvo así todo el resto de la primaria y parte de la secundaria. Era raro porque ella no gustaba de él, y cuando estábamos juntos trataba de evitarlo. Así que, como ya te imaginas, mi corazón estaba fracturado en dos partes que, de estar juntas, se incomodarían y terminarían yéndose a quién sabe dónde.

Él era muy intenso, siempre trataba de estar junto a ella y yo estaba en medio de los dos. Terminaba sentándome con ella o muy, muy lejos de los dos. Hacíamos todo juntos, tratábamos de salir siempre juntos. Realmente amaba esa conexión y creí que seríamos amigos por siempre… hasta que llegó ese día.

jueves, 28 de agosto de 2025

Capitulo III El tiempo no cura todo

Como ya te disté cuenta, tuve una buena infancia. Cargada de muchas emociones, sí, pero buena al final de cuentas. Quizá toda esa vivencia, esos sentimientos y emociones, me llevaron a ser la persona que soy. No voy a describirme claramente, lo dejo a tu consideración. No soy tan egocéntrico como para escribir un blog en el que solamente me describa como la mejor persona del mundo. ¡Qué va!

Nunca fui adepto al amor que me daba el exterior; no simpatizaba mucho ni con las niñas ni con los niños. Solo me gustaba tenerlos cerca, no sentirme solo. Por eso siempre trataba de llevar mi mejor juguete al kínder. De pequeño solamente tuve un mejor amigo, no me juntaba con nadie más. Lo rescaté en una situación valiente: yo, un pequeño escuálido, salvando a un niñito más alto que yo, más robusto que yo, y en ese entonces, más inteligente que yo. Digo "en ese entonces" para sentirme un poco menos mal.

Lo conocí en el kínder, a mi primer mejor amigo. Sí que suena raro escrito así. Había un niño llamado Azael, que era un maldito infierno. Todos le temíamos. Era de esos malditos niños pesadilla que molestaban a otros sin sentido, golpeaban e insultaban. Siempre detesté a ese tipo de niños; nunca pude hacerles frente hasta que cursé el quinto año de primaria. En fin, Azael —con el tiempo lo supe— venía de una familia muy problemática: abuso de drogas, tráfico y violencia. Triste, pero eso explicaba bastante su comportamiento.

Aquel día, Azael le metió el pie al pequeño que me acompañaría todo mi kínder, primaria y secundaria. No diré su nombre, pero si algún día llega a leer esto, seguro sabrá quién es. Cuando cayó, le extendí la mano para levantarse, y así comenzamos a hablarnos.

Ahora confesaré un crimen que cometí en su contra: un día, él llevaba una abejita de Bee Movie al kínder. Yo, lleno de celos y rabia, hice que la maestra se la quitara y la guardara en un bote. Cuando nadie me estaba viendo, la tomé y la destrocé. No dejé huellas, ni rastro alguno. Fue un crimen limpio.

Después de eso fuimos amigos mucho tiempo. Nos llevábamos bien, aunque no todo era perfecto, claro está.

Durante mi estadía en el preescolar, recuerdo pasar horas y horas ahí. Todos los niños se iban a las 12, y yo me tenía que ir hasta las 3 o 4. Para un niño de esa edad, era una eternidad. La razón era muy simple: mi hermano se olvidaba de pasar por mí. Nunca quiso hacerlo. Yo, aunque conocía el camino a mi casa —que básicamente eran dos o tres cuadras—, permanecía ahí hasta que la señora de intendencia me llevaba a casa. Siempre se lo agradeceré.

Mi hermano jamás pasó por mí. Mi mamá trabajaba todo el día, pues tenía que tomar dos trabajos para poder ajustarse al mes. Siempre la veía en el recreo: me llevaba mi comida, pero a la hora de la salida no la volvía a ver hasta la noche.

Fue bonito vivirlo. Mi infancia, desde la perspectiva de un niño, fue agradable; desde mi actual perspectiva, fue muy triste.

 


martes, 26 de agosto de 2025

Capitulo II Viviendo sin causa

Bien, no tuve tiempo durante toda la semana pasada para poder continuar con esto. Me hubiera encantado hacerlo todos los días, pero sinceramente no funcionó; cuando intentaba escribir, me llegaba más trabajo. Sin embargo, ya estoy listo para continuar y tuve suficiente tiempo para pensar cómo seguir con este capítulo. Ya te conté un poco de mi niñez, creo que continuaremos por ahí.

Recuerdo bastante poco de los últimos cinco años, un poco de kínder y algunos de mis días libres. Cuando era pequeño, hablaba mucho, todo el día; no hacía otra cosa más que hablar. Mis hermanos, hartos de mí, le pedían a mi madre por favor que me callara un rato, pero era lo único que podía hacer: hablar y hablar, aunque debería haber estado invirtiendo en bienes raíces. Me encantaría saber de qué hablaba, si era relevante o mera curiosidad, si en verdad tenía un poco de sentido o si era pura palabrería vacía. De todos modos, tenía como dos años; ¿qué de interesante puede decir un niño a esa edad?

Mi infancia transcurrió lenta, muy lenta. Fui un niño bastante feliz. Carecíamos de algunas cosas que siempre ignoré. No porque quisiera ignorarlas, simplemente no notaba esas diferencias, no tenía punto de comparación. Solo conocía a algunos primos y todos estábamos en la misma situación o en una similar. Cuando eres pequeño, mientras tengas cariño, eres feliz con muy poco. Nunca imaginé que mi infancia sería tan plena y que la recordaría con tanto orgullo, alegría y nostalgia. De no ser por mi mamá, estas palabras no estarían escritas aquí. Ella se encargó de darnos todo lo necesario y de suplir con cariño y amor lo que hacía falta.

No quiero que me malinterpreten: el cariño y el amor no suplen lo básico, eso es obvio; jamás fue así. Me refiero a juguetes caros, salidas y otras cosas. Recuerdo que de niño siempre estuve obsesionado con los soldados; para mí lo eran todo. Yo juraba que de grande sería un militar ejemplar y mataría a muchos malos con mi arma. Por supuesto, no fue así, pero a menudo le pedía a mi mamá juguetes relacionados con eso. Recuerdo mucho una ocasión en la que tenían que inyectarme. Nunca tuve problemas con eso, pero mi mamá prometió que si lo hacía, me regalaría una bolsita de soldados, esos que son de plástico verde o café y tienen una pose fija. Por supuesto, ella cumplió y fui la persona más feliz del mundo.

Quiero aclarar que no solo mi mamá hizo mi infancia tan feliz. Mi abuelita, Gudelia Chávez Sánchez, que sale en la foto del capítulo cero, siempre me cuidó y de igual forma me mostraba su cariño con frases como "mi niño" y "chiquito", que para mí ya significaban mucho. Ella solía llevarme a mí y a mi hermano al mercado de mi pueblo y nos compraba algunos dulces que eran solo azúcar con colores llamativos, en forma de pelota con pinchos. He buscado en internet, pero no los encuentro, así que te dejaré un dibujo de ellos.



No solo nos daba esos dulces, también unas piedrecitas de colores que sabían a chocolate. Esas cosas me maravillaban; ¿cómo era posible que las piedras supieran a chocolate? Recuerdo muy bien que había unos juguetes que para mí eran alcancías con forma de ganado, toros en especial, de color negro o blanco, y me encantaban. Ella siempre me regalaba uno y yo era el más feliz. A veces me compraba luchadores de plástico o camioncitos con animales. Disfruté mucho tiempo acompañándola. La quería muchísimo, pero un día se fue. No volví a saber de ella hasta mucho después. Nadie me dijo nada; ¿por qué habrían de hacerlo? Su destino fue San Juan del Río. Tenía insuficiencia renal, una enfermedad increíblemente dura y difícil de superar tanto para el paciente como para la familia. No tiene cura. Su tratamiento era hemodiálisis, un procedimiento riesgoso que termina afectando la calidad de vida de los pacientes. Sin embargo, es un buen soporte vital mientras se espera un riñón sano para trasplante, pero eso solo en otros países o en personas allegadas a la política.



Mi abuela Gude trabajó mucho tiempo en el mercado, vendía cosas varias y, conforme su salud empeoraba, ella dejaba de trabajar. Yo no lo notaba, pero cuando nos llevaba al mercado a pasar el día con ella, ya estaba bastante enferma, aunque creo que ni ella misma lo sabía. El tiempo pasó a su ritmo. Cuando mi papá llegó luego de estar un tiempo aquí, su primera consigna fue cuidar a su madre. Quiero creer que esa fue la razón por la que volvió. Se fue a San Juan del Río y comenzó a trabajar allá en una fábrica. Vivía con mi abuelita Gude y una de mis tías. Él la llevaba a su tratamiento de hemodiálisis y no me imagino lo duro que fue para él ver a su madre morir poco a poco. Trabajaba, y su dinero iba para él y para el tratamiento de mi abuela. Un tiempo después de que él ya estaba establecido, me fui a vivir un tiempo ahí. Durante las vacaciones esporádicamente visitábamos a mi abuela, pude hacerlo antes de que mi papá fuera a vivir allá.

Fue en quinto de primaria cuando mi papá decidió irse a vivir allá, y yo, por consiguiente, me fui en esas vacaciones de verano. Era agradable vivir ahí, pero si en mi casa la situación era difícil, allá era peor: sin luz, sin tele, a veces comiendo muy poco y precariamente. Mi tía tenía dos hijos y tenía que trabajar para ellos y para mi abuelita, al igual que mi padre. El tiempo que pasaba con ellos ahí era único. Siempre los recordaré como los ratos de mayor cercanía con mi papá. Pero cuando mi abuela estaba grave o sufría un infarto en la máquina de diálisis, los días se volvían grises, como en las películas. Fue poco tiempo el que estuve con ella y con ellos, pero aun así lo sentí como una eternidad. Odio San Juan del Río y siempre lo odiaré, no por lo que sucedió, sino por sus paisajes y su precariedad en muchas zonas.

Al poco tiempo pasó lo que tenía que pasar: un día avisaron que mi abuelita había fallecido. Sinceramente, no puedo recordar la cara de mi padre, pero ahora imagino el terrible dolor que sufría por dentro. El mundo en ese momento se cerró para mí. No conocía nada sobre la muerte y era la primera vez que estaba tan cerca de ella.

Ese día, todo el mundo desapareció a mi alrededor; solo estaba yo, frente a mucha gente llorando. No pude sentir nada hasta hace unos años, cuando tristemente caí en cuenta de que nunca la volvería a ver. Ese día comenzaron los preparativos de su sepelio; traían café y galletas, y mi abuela muerta en un ataúd, con un vestido blanco y bien maquillada. No sentí nada al verla, no sentí nada al ver a los demás llorar. No recuerdo la cara de mi padre, pero hubiera preferido llorar con él que hacerlo solo tiempo después. Quizá mi mente borró esos recuerdos, quizá no, pero siempre la llevaré conmigo en mi corazón. Nunca superé su muerte y nunca lo haré. Escribo esto con un nudo en la garganta y es todo lo que escribiré por hoy.

Foto mía con mi abuela, en mi cumpleaños 4.

miércoles, 20 de agosto de 2025

Capitulo I

Anteriormente te hablé sobre mi padre y cómo fue una parte de su vida en EE.UU. Quizá creas que tengo una mala imagen de él, pero no; agradezco por su vida siempre y le doy las gracias por encargarse de mí en los últimos años, y por darme de pequeño cosas que apreciaré para siempre. Debe ser sumamente difícil ser padre, pues, a pesar de que biológicamente estamos preparados para ello, la individualidad o libre albedrío siempre te salva de ello.

Cuando era bastante más chico de lo que soy ahora, quería tener hijos. Soñaba con la idea de cuidar a alguien y educarlo mejor de lo que me educaron a mí. Mejor, siempre mejor. No quiero ni imaginar lo que vivió mi papá en su niñez si quiso ser mejor con sus hijos. Al menos conmigo fue bastante distante; con mis hermanos fue otra historia. Estuvo para ellos y vivió para ellos. Aun así, los lazos que tienen ahora con él los considero malos. Tal vez sea porque se llenaron de resentimiento.

Siguiendo con la idea de ser padre, realmente me parecía bastante bueno llevar mi vida así: crecer, casarme con alguien, tener hijos, cuidarlos y morir. Ahora miro las cosas bastante diferentes, tan es así que decidí acabar con esa posibilidad en un 99%. Porque la medicina no te asegura un cien por ciento. Me hice lo que los dueños le hacen a sus gatos, y de paso, un pequeño favor al medio ambiente y a las futuras generaciones. Son lindos los bebés, claro, pero apenas comienzan a crecer y desarrollan conciencia propia, están listos para matarte en cualquier instante con sus pequeñas manos o para acabar con tu vida, tu diversión, todo lo bueno que tiene esta triste vida.

Los religiosos y los apegados a la iglesia podrán decirme que estoy equivocado, que soy un pecador insensato, pero si a esas vamos, deberían juzgarse primero por golpearse tanto las bolas de niños o vivir en un mundo lleno de radiación. De igual forma, quizá hubiese sido un padre terrible, o lo seré. El futuro es bastante incierto. Me enojo con facilidad y no creo en la crianza respetuosa.

Tal vez solo sea mi mente tratando de protegerme de mi infancia y de mi difícil o inexistente relación con mi padre. Sea lo que sea, me ha ahorrado el dinero de toda una vida. No quiero sonar muy egoísta, pero al igual que las mujeres, los hombres también deberíamos poder decidir no tener hijos. Claro que antes de concebirlos, infeliz. Odiaré por siempre a las personas que abandonan a sus hijos.

De niño creía que los otros niños de mi kínder que no tenían a su padre consigo lo tendrían en EE.UU., igual que yo. Qué equivocado estaba. Incluso había uno cuyo padre había muerto en un accidente aéreo, y nos contaba, siempre que pasaba un avión, que su padre iba ahí y que esperaba volver a verlo. Yo, por supuesto, pensaba que se dirigía hacia los Estados Unidos. De pequeño recuerdo que era difícil conseguir amigos. Para tener el reconocimiento social de un montón de niños de kínder era necesario traer un juguete lindo, novedoso, que nadie más tuviera. Mi papá, por supuesto, nos enviaba juguetes de vez en vez, muy lindos. Eran bastante llamativos y, por supuesto, novedosos. Era la sensación un día, y al día siguiente otro niño llevaba algo mejor. Era difícil quedarse solo, pero no fue por mucho tiempo así para mí. Pero te lo contaré después.


martes, 19 de agosto de 2025

Capitulo piloto

Hola, mi nombre es Rodrigo. Soy un estudiante universitario, específicamente de la Licenciatura en Enfermería. Mi propósito con este blog es hacer algo similar a una bitácora, pero trataré de abordar todo mi recorrido por la facultad. Llevo ya tres años cursando esta carrera y, sinceramente, ha sido lo mejor que me ha pasado.

Nunca imaginé que la Licenciatura en Enfermería me traería tantos desafíos, pero también tantos consuelos, alegrías y paz. Me siento afortunado de haber ingresado en este campus en el que estoy, pues, de una selección de 70, solo se aceptaban a 10. Claro, estoy viviendo en un pequeño pueblo de un estado de México, pero, aun así, hubo que prepararse y dedicarse a esto.

Cuando salí de la preparatoria —que, por cierto, la cursé en la misma institución en la que estoy ahora— no sabía qué hacer con mi vida. Tenía un plan de vida a mediano plazo que era factible en la prepa; sin embargo, mi padre enfermó… o, mejor dicho, ahora que puedo decirlo, su enfermedad se complicó. Una que él no sabía que tenía. A saber, de esas enfermedades tan diabólicas que son silenciosas para las personas que les importa poco su salud, pero no porque quieran, sino porque se vive todos los días trabajando para poder sobrevivir. Sí, ese fue mi caso. Creo que te contaré un poco sobre mi padre, para que me conozcas un poco más antes de conocerme de verdad.

Mi padre es, ahora en mi perspectiva, alguien maravilloso. Durante mi infancia fue alguien ausente; nunca estuvo para mí más que mi primer año de vida, y aun así puedo decir que hasta ahora intenta compensar todo ese tiempo. Yo no lo conocí hasta los 7 u 8 años y no sabía quién era él. Lo había visto en algunas llamadas de Messenger con mi mamá, pero nada espectacular: miles de píxeles acumulados que no daban ni la mínima posibilidad de distinguir algo, en un ciber que cobraba cinco pesos por hora, cosa que mi madre no se podía permitir a menudo. En fin, ahí estaba mi padre. Recuerdo que me hacía promesas vacías. Me decía que me había comprado una jirafa y que me la llevaría cuando él volviera a vernos. Vaya tontería, que creí hasta el día en que lo vi, conscientemente, por primera vez.

Él era chofer de taxi. Tenía su propio taxi y todo. En aquel tiempo, los taxistas acostumbraban modificar sus taxis de formas extravagantes, algo así como en Japón, pero de cultura mexa. Trabajó desde muy joven, quizá desde los doce años —no recuerdo muy bien—. Tuvo que hacer frente a la necesidad, pues la muerte de su padre trajo varios estragos a su familia. Único hombre en una familia de cinco, el menor de hecho, al igual que yo. Le tuvo que hacer frente a la vida, y la verdad, lo admiro mucho por eso. Quisiera tener la mitad de lo que él fue en su vida. Viajó por todo México, obviamente por trabajo, y cuando decidió sentar cabeza, lo hizo con mi madre, la mujer más linda del mundo.

Se enamoraron jóvenes, no recuerdo si fue a los 20, pero comenzaron con dos hijos de un año de diferencia: mi hermana mayor y mi hermano (también mayor). Ellos me cuidaron y me siguen cuidando con un amor increíble. Después, mi hermano del medio, quien ha tenido bastantes conflictos conmigo, pero eso te lo contaré después. Finalmente, nací yo, el menor de cuatro. Tan solo un año después, mi padre se fue… por necesidad, quizás, o tal vez quería escapar de su cansada vida. Se fue para trabajar en Estados Unidos de América. Así es: el “sueño americano”, que más que un sueño fue una pesadilla para mi madre. A partir de ahí, viví sin saber quién carajos era.

Mi madre me cuenta que nunca se presentó en el hospital para cuidarla mientras estaba en trabajo de parto, para que yo pudiera nacer. Que solo un vecino fue a verla y le dejó 20 pesos. Joaquín se llamaba. Era el novio de mi abuelita, mamá de mi papá. Y bueno, quizá fue porque tenía otra mujer, quien un año después, por las mismas fechas, tendría una bebé que sería mi media hermana —que no conozco—, o tal vez porque no me quiso en un principio. De todos modos, eso no me importa ya. Lo he sanado y dejado pasar. Quizá solo de eso se trata la vida: de agarrar… y aprender a soltar.

Recuerdo muy bien que el acta de nacimiento de mi media hermana la encontré por sorpresa, a los 9 años, en las cosas de mi papá. Me tomó por sorpresa, pues tenía una fecha similar a mi nacimiento. Pensaba que tal vez se habían equivocado, pero luego de preguntarle a mi mamá, me contó que no era su hija, pero sí de mi padre. Fue algo nuevo para mí, pero en ese momento no causó gran impacto. En fin, todo el tiempo que pasó en EUA nunca envió suficiente dinero; enviaba lo que le sobraba de emborracharse y gastarse en su mujer. Incluso se la llevó con él, cuando mi mamá lo estaba esperando esperanzada cada semana, a que le enviara 500 pesos que no alcanzaban para nada. Ya no puedo contarte más sobre su travesía en ese país, pues nunca me he sentado a hablar con él sobre cómo fue realmente. Todo lo que sé, lo sé por mi madre.

Ya te contaré más adelante cómo fue. Le preguntaré. Quizá sea interesante conocer su punto de vista. A pesar de lo que te acabo de contar, quiero aclarar que no le tengo rencor. Nunca lo tuve. Siempre será mi padre y lo querre siempre. En realidad, nunca le he tenido rencor a nadie… más que a un maestro que me dijo que me iba a reprobar por decirle "pinche profe" cuando no me quiso creer que una compañera le había sacado el dedo medio y me levantó un reporte. Te odio, Santos.


Foto mía con mi abuela, en mi cumpleaños 4.

Capitulo X Despues de la calma siempre viene la tormenta

Ya sabes que estuve a punto de ser anexado, sabes que me drogué fuertemente en mi etapa de secundaria, aunque nada fuera de lo normal, solo ...