martes, 15 de septiembre de 2026

Capitulo X Despues de la calma siempre viene la tormenta

Ya sabes que estuve a punto de ser anexado, sabes que me drogué fuertemente en mi etapa de secundaria, aunque nada fuera de lo normal, solo utilicé marihuana, alcohol y tabaco. A veces, cuando recuerdo lo que hice, me siento triste, mal; me repugna pensar en cómo me comporté y todo lo que hice que mis padres, en especial mi madre, vivieran. Me arrepiento todos los días y, si tan solo pudiera cambiarlo, lo haría sin dudarlo.

Mi paso en secundaria sí fue desastroso como te lo conté anteriormente. La última vez te hablé de mi primer interés romántico y que este fracasó, ya sabes cómo comencé a drogarme y sabes también una que otra traición que sufrí por ahí a mi cortísima edad... vaya vida. Pero me gustaría seguir con esta historia que, más que una buena novela, parece una historieta cómica.

Sí, estuve a punto de ser anexado, Dios sabrá en dónde, pero gracias a Dios estoy aún aquí. Y no es un chiste, prácticamente gracias a Él estoy aquí. Como te dije, mi plan para no irme entambado fue hacerme cargo al ciento por ciento de estudiar la prepa. Seguramente mi mamá pensaba que ya no haría eso, que me volvería un delincuente, me drogaría todos los días y comenzaría a robar y asaltar a las personas; y nada más alejado de la realidad, ni siquiera tenía intenciones de probar drogas más fuertes. Creo que eso dicen todos los adictos.

En fin, me inscribí, solicité el recurso económico para hacerlo y me inmiscuí en una de las más grandes travesías de mi vida: entrar en la prepa. Como sabes, Suervele me acompañó en todo momento y había cursos propedéuticos que teníamos que completar para poder aprobar el examen de ingreso sin problemas. Múltiples veces Suervele y yo nos prometimos ir, levantarnos temprano y subirnos al camión. Nunca lo hicimos, terminábamos en el mercado o comiendo un helado en el jardín porque nos levantábamos tarde.

Nunca llegamos más que a una. Me la pasé increíble, conocí el plantel, a los demás aspirantes y a una maestra que sería decisiva para el desarrollo de mi ser. En fin, en todo este tiempo yo nunca me dejé de drogar, seguía siendo consumidor activo de marihuana, pero veía a mi madre a los ojos y le mentía descaradamente diciéndole que no. Eso hacen los adictos, se comen las entrañas de las personas que los aman hasta que ya no queda nada y pueden sumergirse en su adicción. Pero, eso sí, sin ir más allá de la marihuana, el alcohol y el tabaco, que en realidad aquí aún ni consumía.

Me gustaría decirte que sufrí al intentarlo, pero no, fue muy ameno; los chicos del propedéutico eran buenas personas, con buenas intenciones. Creo que el que no encajaba ahí era yo, pero aun así continué... Se llegaba el día del EXCOBA, la prueba que te hacen para obtener un puntaje y, con base en él, saber si pasaste o no. Fue un día horrible, nos pedían una identificación escolar que no tenía, así que ese día que llegué al examen tuve que regresar corriendo a mi casa, al otro lado de mi rancho, una media hora aproximadamente sin parar, para llegar y darme cuenta de que el otro documento legal que me permitían era una cartilla de vacunación, que tenía una foto mía de cuando tenía 5 años.

Sí, cinco años, una maldita locura. La tomé y salí corriendo otra vez. Ya había transcurrido 1 hora y media de examen y solo nos daban 3 para un total de 120 preguntas. No suenan tantas en verdad, pero los problemas de matemáticas y física sí que llevan su tiempo. Llegué sudando, dudaron si recibir mi identificación, pero vamos, ¿quién carajos se levantaría a las 8 de la mañana para hacer un examen de admisión a prepa más que el mismo interesado?

En fin, me dejaron hacer el examen y ya tenía el tiempo encima. No es por ser un presumido, pero fue suficiente tiempo para apenas sacar un 6, exactamente 60 puntos del examen. No tenía idea de cómo servían los puntajes así que, como era de esperarse, creía que esa calificación me dejaba fuera, pero luego me enteré de que el mínimo era 38 y que este lo bajaron hasta ¡16! por unas chicas algo tontas que ni siquiera duraron dos semestres.

Mi plan estaba completado, ya había quedado. Mi mamá a pesar de todo estaba feliz porque, ya sabes, la UAQ es una escuela que tiene algo de prestigio y ella creía que estudiar ahí desde la prepa me aseguraría una entrada a la universidad menos complicada.

Y sí, todo era calma en ese momento, tranquilidad y paz. Hasta que en el curso de inducción, el coordinador habló con mis papás y después conmigo... Me dijo: «Si vas a estar aquí, no queremos problemas de ningún tipo, ¿está claro? Nada de drogas, pleitos o demás». No sé si mis padres le dijeron o si mi secundaria envió todo en mi expediente, pero me sentí nuevamente como en el ojo del huracán, creía que sería dejar todo atrás y... vaya sorpresa, todo venía conmigo.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Carta IV Condenado a la soledad

 Hola, querido lector. Ha pasado tiempo desde que no te escribo. Lo lamento mucho, de verdad. Mi tiempo se reduce considerablemente más cuando pierdo el tiempo; será cosa de vagos, supongo que sí. Sin embargo, me disculpo, pero mi ausencia no ha sido en vano: he recolectado nuevas experiencias y pensamientos que quiero contarte. Espero que te encuentres disponible para regalarme algo de tu tiempo y poder leer lo que pienso.

Tengo una investigación, mi tesis, en la que estoy trabajando y, bueno... me encuentro en la etapa de recolección de información y quiero que sepas que, aunque antes me parecía simple, no es para nada sencillo. Creí que sería cosa fácil: ir, hablar, cuestionar, responder y terminar; pues no, realmente está siendo toda una tortura. No literal, claramente, pero sí, sí es difícil, sobre todo llevar e interiorizar todo lo que sucede. Trabajar con una población tan vulnerable complica los sentimientos, las emociones y la imparcialidad; no puedes solo sentarte a escuchar mil y una injusticias y no sentir nada, ni siquiera conmoverte.

Me gustaría no sentir lo que me cuentan, me gustaría no pensar en lo que dicen, me gustaría dormir sin preguntarme si yo lo hubiera llevado mejor, cómo hubiera sido para mí vivir eso, cómo se sintieron, por qué les pasó eso a ellos, qué me salvó de una infancia así, qué puedo hacer para que nadie más pase por eso. Al final, todo queda en preguntas hipotéticas, aunque espero algún día poder responder la última y así hacer algo, aunque sea poco, por aquellos que más sufren.

El silencio es doloroso; lamentablemente, es el silencio lo primero que nos imponen. De pequeño o pequeña seguramente te dijeron que guardaras silencio, o al borde del estrés tus cuidadores te gritaron que te callases mientras llorabas. Algunos lo olvidan y otros lo callan para siempre; sin embargo, el dolor solo crece cuando se guarda en silencio. Como el agua, que es incompresible y altamente peligrosa para la vida, el dolor, el odio y el rencor son más o menos igual. Crecen y, cuando menos te lo esperas, explotan; Dios sabe de qué formas, pero lo hacen.

Pero no me malinterpretes: sentir odio no es malo, sentir rencor no es malo, y el dolor es básico para la vida. Una vida sin estos elementos difícilmente sería una buena vida, porque no se siente la felicidad, se disfruta, pero... ¿quién vive y disfruta el dolor? Nadie que haya sentido en carne propia el dolor de quedarse en silencio tras una injusticia podría afirmar tal aseveración. Y aun así, el dolor los hace más fuertes, o esa es la idea que te quieren vender.

La tríada del dolor, rencor y odio (sí, una tríada, porque me parecen el inicio de algo verdaderamente patológico) te lleva a cometer los peores y más horribles actos que puedes causarte a ti mismo: la soledad.

El verdadero gran mal del mundo, la soledad, hace contigo lo que quiere, te da mil vueltas, te revuelca, te sumerge en una profunda tristeza, rechazo y al final... como algo mágico, dices que te gusta la soledad. No se aprende a estar solo; tal como un drogadicto, simplemente te acostumbras a ello. Te haces insensible, desaprendes lo que es la compañía y al final no conoces nada más que tu sombra. Una triste y larga sombra que al final desaparecerá cuando la luz se pose sobre ti.

Sin duda la soledad hace de las suyas, pero no es la soledad física lo que perturba tanto al hombre; el sentirse rechazado, excluido, ajeno al mundo, es eso, es lo que te separa del otro, lo que te impide pedir ayuda, lo que te mantiene callado y en silencio, porque tu valor lo defines desde la sombra, donde no puedes ver ni con qué vara te mides. Como en la caverna de Platón, si no te atreves a ver más allá de las sombras, jamás dejarás las cadenas que te mantienen ahí, como un animal extraño en la sombra.

Capitulo X Despues de la calma siempre viene la tormenta

Ya sabes que estuve a punto de ser anexado, sabes que me drogué fuertemente en mi etapa de secundaria, aunque nada fuera de lo normal, solo ...