miércoles, 9 de septiembre de 2026

Carta IV Condenado a la soledad

 Hola, querido lector. Ha pasado tiempo desde que no te escribo. Lo lamento mucho, de verdad. Mi tiempo se reduce considerablemente más cuando pierdo el tiempo; será cosa de vagos, supongo que sí. Sin embargo, me disculpo, pero mi ausencia no ha sido en vano: he recolectado nuevas experiencias y pensamientos que quiero contarte. Espero que te encuentres disponible para regalarme algo de tu tiempo y poder leer lo que pienso.

Tengo una investigación, mi tesis, en la que estoy trabajando y, bueno... me encuentro en la etapa de recolección de información y quiero que sepas que, aunque antes me parecía simple, no es para nada sencillo. Creí que sería cosa fácil: ir, hablar, cuestionar, responder y terminar; pues no, realmente está siendo toda una tortura. No literal, claramente, pero sí, sí es difícil, sobre todo llevar e interiorizar todo lo que sucede. Trabajar con una población tan vulnerable complica los sentimientos, las emociones y la imparcialidad; no puedes solo sentarte a escuchar mil y una injusticias y no sentir nada, ni siquiera conmoverte.

Me gustaría no sentir lo que me cuentan, me gustaría no pensar en lo que dicen, me gustaría dormir sin preguntarme si yo lo hubiera llevado mejor, cómo hubiera sido para mí vivir eso, cómo se sintieron, por qué les pasó eso a ellos, qué me salvó de una infancia así, qué puedo hacer para que nadie más pase por eso. Al final, todo queda en preguntas hipotéticas, aunque espero algún día poder responder la última y así hacer algo, aunque sea poco, por aquellos que más sufren.

El silencio es doloroso; lamentablemente, es el silencio lo primero que nos imponen. De pequeño o pequeña seguramente te dijeron que guardaras silencio, o al borde del estrés tus cuidadores te gritaron que te callases mientras llorabas. Algunos lo olvidan y otros lo callan para siempre; sin embargo, el dolor solo crece cuando se guarda en silencio. Como el agua, que es incompresible y altamente peligrosa para la vida, el dolor, el odio y el rencor son más o menos igual. Crecen y, cuando menos te lo esperas, explotan; Dios sabe de qué formas, pero lo hacen.

Pero no me malinterpretes: sentir odio no es malo, sentir rencor no es malo, y el dolor es básico para la vida. Una vida sin estos elementos difícilmente sería una buena vida, porque no se siente la felicidad, se disfruta, pero... ¿quién vive y disfruta el dolor? Nadie que haya sentido en carne propia el dolor de quedarse en silencio tras una injusticia podría afirmar tal aseveración. Y aun así, el dolor los hace más fuertes, o esa es la idea que te quieren vender.

La tríada del dolor, rencor y odio (sí, una tríada, porque me parecen el inicio de algo verdaderamente patológico) te lleva a cometer los peores y más horribles actos que puedes causarte a ti mismo: la soledad.

El verdadero gran mal del mundo, la soledad, hace contigo lo que quiere, te da mil vueltas, te revuelca, te sumerge en una profunda tristeza, rechazo y al final... como algo mágico, dices que te gusta la soledad. No se aprende a estar solo; tal como un drogadicto, simplemente te acostumbras a ello. Te haces insensible, desaprendes lo que es la compañía y al final no conoces nada más que tu sombra. Una triste y larga sombra que al final desaparecerá cuando la luz se pose sobre ti.

Sin duda la soledad hace de las suyas, pero no es la soledad física lo que perturba tanto al hombre; el sentirse rechazado, excluido, ajeno al mundo, es eso, es lo que te separa del otro, lo que te impide pedir ayuda, lo que te mantiene callado y en silencio, porque tu valor lo defines desde la sombra, donde no puedes ver ni con qué vara te mides. Como en la caverna de Platón, si no te atreves a ver más allá de las sombras, jamás dejarás las cadenas que te mantienen ahí, como un animal extraño en la sombra.

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