Todo tiene una razón de ser, está de más decir que cualquier acción, por mínima que hagamos, tiene repercusiones importantes en todo lo que nos rodea. A eso se le llama efecto mariposa, o algo así. Mientras pasaba mi vida como adolescente no creía en esas tonterías, ni siquiera era consciente de mi propia existencia, no pensaba en nada más allá del día siguiente. Quizá eso le pasó a todo el mundo; al menos, para mí, así estaba bien, no necesitaba pensar más allá de unas horas.
Si de chico me hubieses dicho que mi sueño era convertirme en investigador o cursar una licenciatura, seguramente te habría dicho que sería una pérdida de tiempo y que ser soldado sería algo mejor. Seguramente ese era mi destino ideal, pero alguna cosa que hice durante mi adolescencia cambió el rumbo de mi vida. Seguramente no estaría escribiendo esto y, de conocerme, nunca lo hubieras hecho. Probablemente estaría parado bajo la lluvia, drogándome y muriendo de la forma más miserable posible bajo un pedazo de cartón. Sea como sea, agradezco a Dios que las cosas no pasaran así.
Como bien sabes, mi vida hasta ahora ha sido bastante normal y seguirá siendo bastante normal. Comencé a drogarme quizá a los 12 o 13 años, no recuerdo el dato exacto, pero sí recuerdo muy bien la primera vez. Todo tiene un inicio y todo tiene un fin. Mi vida no tenía ningún valor para mí, quizá sí para mi madre, tal vez para mi padre. Y tomé una decisión: fui yo quien estaba detrás de esa tapa de lapicero BIC azul. Aunque mi madre siempre se culpó por mis acciones, sinceramente no tuvo nada que ver; me dio su cariño, amor y cuidado siempre. Pero, como escuincle, siempre buscas la forma de decepcionarlos inconscientemente.
Era un lunes, a las 6:45 de la mañana. Tenía la materia de Tecnologías; secretariado y ofimática, en realidad. Ese día llegué desde muy temprano, porque me desperté temprano. No sabía que mi vida cambiaría para siempre por esa decisión. Unos compañeros se reunían afuera del salón: los casos perdidos. Hacían una pequeña bulla que, sinceramente, llamaba mi atención. Olía raro, era un olor diferente, parecido a la basura quemada, pero con un toque de plástico derretido. No tenía ni idea de lo que era y solo había escuchado rumores sobre la marihuana.
Solo rumores. En la primaria solo me advirtieron sobre tener relaciones y dar besos de boca, pero jamás había escuchado de compartir una tapa de lapicero con un poco de hierba y babas de muchas personas. Ellos no me obligaron, ni siquiera me ofrecieron. El solo ver cómo salía el humo de sus bocas era lo suficientemente atractivo para mí: parecían chimeneas con tanto humo. No pensé que me atrevería, no tenía ni idea de cómo era. Sabía que era malo, pero, ¿por qué era malo? ¿Quién lo decidió? Yo no. Así que le pedí a Chucho que me diera un poco. Me preguntó si estaba seguro y, tras mi afirmativa, me dio la tapa y el encendedor. Me enseñó cómo hacerlo y acto seguido lo hice: una bocanada de humo, seguida de una tos de perro, inundaron mi mañana.
La primera vez no sentí nada. Solo estaba mareado y con los ojos muy rojos. Tenía una pequeña risa inexplicable y un apetito voraz. Aun así, no me sentía tan diferente. Continué mi día con normalidad, haciendo lo que siempre hacía en la secundaria: nada. Me senté con mi único amigo en ese entonces y le conté cómo era. Le pedí que, por favor, no lo hiciera. Sabía que estaba jodiendo algo en mí y no quería que mi nuevo amigo hiciera lo mismo. Pasaron las horas y, en el recreo, lo volví a hacer. Ya no me importaba nada más en ese punto, solo quería sentirme como ellos juraban que se sentían. Y así pasó. A partir de ahí no había punto de retorno. Me gustó la sensación y quería repetirla. Los problemas surgirían después, como siempre pasa: después.
Comencé a fumar marihuana todos los días, por la mañana y en los recreos, excepto los lunes que había honores. Poco a poco me fui volviendo un descarado, pero precavido. Llegó un punto en el que no me importaba ni traer los ojos rojos, ni entrar con un tostón de marihuana en las bolsas, ni ver cómo pasaban a revisar nuestras mochilas por la sospecha que tenían debido al maldito olor incesante durante el día. Sabía cómo esconderla y dónde tirarla si algo así pasaba. Sabíamos cuándo nos iban a revisar y por qué. No sé cómo unos chamacos de secundaria podían mover así droga dentro de una institución, pero así fue. Estaba totalmente perdido en la adrenalina y el éxtasis que me provocaba drogarme dentro de la secundaria y que nadie pudiera atraparme.
Formamos un pequeño colectivo. Nos hacíamos llamar los “Vatos locos”, por una película que vimos en alguna clase. Niños estúpidos, pero niños al fin y al cabo. Teníamos un grupo rival que grafiteaba todas las zonas con “KNE”, que era de un grupo de tercer año. Nuestro líder —al que llamaremos Juan, y solo Dios sabe cómo lo hicimos líder— era el mejor agrupándonos y controlando a todo el grupo. Nos volvimos inquebrantables… hasta que cambiamos de director y todo se fue al carajo poco a poco
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