lunes, 22 de septiembre de 2025

Capitulo VII Continuación

No recuerdo bien cómo era ese director, pero sí recuerdo bien a su subdirector: un cabrón que parecía menonita y llegó con una cabra para sacar leche y quesos. Era una situación extraña, y creo que por eso lo recuerdo más.

Cuando él llegó, lo primero que hicieron fue poner a los prefectos a dar rondines durante las mañanas y en los recreos, en los lugares donde más se reportaba el olor a marihuana. Estuvieron así un tiempo, pero rápido aprendimos sus patrones de vigilancia y, al final, era como si no hubiera nada. En medio de esa situación, un tipo al que le llamaban “Sureño” quería tener una pelea con alguien de nuestro grupo solo por defender a un tipo debilucho y flacucho. Al cabrón ese se lo llevaron unas personas de un anexo en una conferencia que nos dieron.

Ese día de la conferencia fue el día que más cerca estuvieron de atraparnos. Durante el recreo estábamos fumando marihuana en los salones de la esquina y, para nuestra mala suerte, unas mocosas de primer año se acercaron a nosotros para fumar también. En ese punto, la persona que estaba vigilando si alguien se acercaba dejó de prestar atención y nos olvidamos por un momento de eso. De repente, doblando la esquina a escasos 10 metros de nosotros, venía el prefecto más cansino de todos. Ya nos había visto y gritó: “¿Qué están haciendo ahí?”. Rápido corrimos hacia la parte de arriba, donde había unos bambús. Las niñas, idiotas, se fueron hacia abajo y los prefectos las siguieron primero a ellas. Gracias a Dios pudimos desaparecer siguiendo ese camino.

Cuando salimos nuevamente frente a dirección, lo primero que hicimos fue ponernos gotas en los ojos y separarnos cada quien por su lado, pero con un punto de reunión. Juan me dejó a cargo de comprar unas cosas en la cooperativa, así que me quedé ahí. Mi sangre se heló cuando, de repente, sentí la mirada del prefecto a lo lejos, y ahí estaba. Tal vez fue mi paranoia o su mala visión, pero compré lo que necesitaba y me fui de inmediato de ahí, como si hace unos momentos no me hubiera cagado de miedo por lo que probablemente hubiera sido expulsión y anexo.

Creo que su mala vista no le permitió reconocernos, porque pasamos ese día como si nada hubiera pasado: con el corazón a mil por hora, pero a salvo, cada quien en su butaca, esperando que entraran por la puerta y comenzaran a sacarnos uno a uno para hacernos preguntas y darnos de baja. Por suerte eso no pasó y fue la única vez que estuvimos tan cerca de ser atrapados. Creo que de los errores sí se aprende. Durante ese lapso de segundos no pensaba en nada más que en drogarme y seguir disfrutando mi vida. Pero, como te dije, mis relaciones siempre han sido caóticas.

Tenía un grupo de amigos dentro de los VL y los trataba bien, o eso creía. Mi mejor amigo no le apetecía cambiar lonche conmigo, o al menos eso pensaba él, pues a mí siempre me decía que sí. Nunca imaginé que algo así podría hacerlo dejarme de hablar durante mucho tiempo. El gordo hijo de puta de Ed lo convenció de que los trataba mal y que estarían mejor si se alejaban de mí. Tengo que aceptar que a uno o dos sí los trataba mal, pero a mi mejor amigo le di todo de mí y siempre lo cuidé como a un hermano. Solo Dios sabe sus motivos reales, pero lo de la comida fue lo que me dijo.

Jos, por su parte, nunca me dejó. Quedamos solos él y yo. Tan leal, tan genial… por eso le va tan bien ahora. Lamentablemente, tuve que decirle que estaría mejor con ellos que solo conmigo.

Ese día comenzó un camino hacia la redención por mi parte. Me quedé solo, totalmente solo.

Tuve que hacer nuevos amigos. En un grupo de 40 personas y una escuela de 500 y cacho, había de dónde elegir. Me junté en el recreo con un grupo de chicos que parecía que vivían en la basura o en las condiciones más precarias existentes. Olían horrible, pero eran agradables y parecían leales. Estuve como dos semanas con ellos hasta que llegué con Juan. Me aceptó y así terminé siendo parte de los VL como miembro leal. Ahí comencé a conocer a muchas personas de la secundaria. Apenas estaba en segundo e iba empezando el año, me quedaba bastante tiempo por delante. En ese entonces, el tiempo corría más lento.

Comencé a traerles droga y a guardar dinero de mis comidas —cuando me daban— para poder seguir comprando. Empezamos a salir, buscando puntos y conociendo gente que nos pudiera vender droga para revenderla dentro de la escuela. No me arrepiento, fue bastante agradable esa experiencia. Ahí fue cuando conocí a dos personajes importantes más: G y M, dos hermanos que se metían lo que fuera por donde fuera. Eran muy leales; para este punto yo ya valoraba bastante la lealtad, era una cualidad imprescindible en las personas cercanas a mí. Ya sé lo que piensas: ¿todo eso en chamacos de 13 años? A mí también me parece un puto chiste. Es mucho menos genial de lo que recuerdo; ahora me da pena.

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