Bien, no tuve tiempo durante toda la semana pasada para poder continuar con esto. Me hubiera encantado hacerlo todos los días, pero sinceramente no funcionó; cuando intentaba escribir, me llegaba más trabajo. Sin embargo, ya estoy listo para continuar y tuve suficiente tiempo para pensar cómo seguir con este capítulo. Ya te conté un poco de mi niñez, creo que continuaremos por ahí.
Recuerdo bastante poco de los últimos cinco años, un poco de kínder y algunos de mis días libres. Cuando era pequeño, hablaba mucho, todo el día; no hacía otra cosa más que hablar. Mis hermanos, hartos de mí, le pedían a mi madre por favor que me callara un rato, pero era lo único que podía hacer: hablar y hablar, aunque debería haber estado invirtiendo en bienes raíces. Me encantaría saber de qué hablaba, si era relevante o mera curiosidad, si en verdad tenía un poco de sentido o si era pura palabrería vacía. De todos modos, tenía como dos años; ¿qué de interesante puede decir un niño a esa edad?
Mi infancia transcurrió lenta, muy lenta. Fui un niño bastante feliz. Carecíamos de algunas cosas que siempre ignoré. No porque quisiera ignorarlas, simplemente no notaba esas diferencias, no tenía punto de comparación. Solo conocía a algunos primos y todos estábamos en la misma situación o en una similar. Cuando eres pequeño, mientras tengas cariño, eres feliz con muy poco. Nunca imaginé que mi infancia sería tan plena y que la recordaría con tanto orgullo, alegría y nostalgia. De no ser por mi mamá, estas palabras no estarían escritas aquí. Ella se encargó de darnos todo lo necesario y de suplir con cariño y amor lo que hacía falta.
No quiero que me malinterpreten: el cariño y el amor no suplen lo básico, eso es obvio; jamás fue así. Me refiero a juguetes caros, salidas y otras cosas. Recuerdo que de niño siempre estuve obsesionado con los soldados; para mí lo eran todo. Yo juraba que de grande sería un militar ejemplar y mataría a muchos malos con mi arma. Por supuesto, no fue así, pero a menudo le pedía a mi mamá juguetes relacionados con eso. Recuerdo mucho una ocasión en la que tenían que inyectarme. Nunca tuve problemas con eso, pero mi mamá prometió que si lo hacía, me regalaría una bolsita de soldados, esos que son de plástico verde o café y tienen una pose fija. Por supuesto, ella cumplió y fui la persona más feliz del mundo.
Quiero aclarar que no solo mi mamá hizo mi infancia tan feliz. Mi abuelita, Gudelia Chávez Sánchez, que sale en la foto del capítulo cero, siempre me cuidó y de igual forma me mostraba su cariño con frases como "mi niño" y "chiquito", que para mí ya significaban mucho. Ella solía llevarme a mí y a mi hermano al mercado de mi pueblo y nos compraba algunos dulces que eran solo azúcar con colores llamativos, en forma de pelota con pinchos. He buscado en internet, pero no los encuentro, así que te dejaré un dibujo de ellos.

No solo nos daba esos dulces, también unas piedrecitas de colores que sabían a chocolate. Esas cosas me maravillaban; ¿cómo era posible que las piedras supieran a chocolate? Recuerdo muy bien que había unos juguetes que para mí eran alcancías con forma de ganado, toros en especial, de color negro o blanco, y me encantaban. Ella siempre me regalaba uno y yo era el más feliz. A veces me compraba luchadores de plástico o camioncitos con animales. Disfruté mucho tiempo acompañándola. La quería muchísimo, pero un día se fue. No volví a saber de ella hasta mucho después. Nadie me dijo nada; ¿por qué habrían de hacerlo? Su destino fue San Juan del Río. Tenía insuficiencia renal, una enfermedad increíblemente dura y difícil de superar tanto para el paciente como para la familia. No tiene cura. Su tratamiento era hemodiálisis, un procedimiento riesgoso que termina afectando la calidad de vida de los pacientes. Sin embargo, es un buen soporte vital mientras se espera un riñón sano para trasplante, pero eso solo en otros países o en personas allegadas a la política.

Mi abuela Gude trabajó mucho tiempo en el mercado, vendía cosas varias y, conforme su salud empeoraba, ella dejaba de trabajar. Yo no lo notaba, pero cuando nos llevaba al mercado a pasar el día con ella, ya estaba bastante enferma, aunque creo que ni ella misma lo sabía. El tiempo pasó a su ritmo. Cuando mi papá llegó luego de estar un tiempo aquí, su primera consigna fue cuidar a su madre. Quiero creer que esa fue la razón por la que volvió. Se fue a San Juan del Río y comenzó a trabajar allá en una fábrica. Vivía con mi abuelita Gude y una de mis tías. Él la llevaba a su tratamiento de hemodiálisis y no me imagino lo duro que fue para él ver a su madre morir poco a poco. Trabajaba, y su dinero iba para él y para el tratamiento de mi abuela. Un tiempo después de que él ya estaba establecido, me fui a vivir un tiempo ahí. Durante las vacaciones esporádicamente visitábamos a mi abuela, pude hacerlo antes de que mi papá fuera a vivir allá.
Fue en quinto de primaria cuando mi papá decidió irse a vivir allá, y yo, por consiguiente, me fui en esas vacaciones de verano. Era agradable vivir ahí, pero si en mi casa la situación era difícil, allá era peor: sin luz, sin tele, a veces comiendo muy poco y precariamente. Mi tía tenía dos hijos y tenía que trabajar para ellos y para mi abuelita, al igual que mi padre. El tiempo que pasaba con ellos ahí era único. Siempre los recordaré como los ratos de mayor cercanía con mi papá. Pero cuando mi abuela estaba grave o sufría un infarto en la máquina de diálisis, los días se volvían grises, como en las películas. Fue poco tiempo el que estuve con ella y con ellos, pero aun así lo sentí como una eternidad. Odio San Juan del Río y siempre lo odiaré, no por lo que sucedió, sino por sus paisajes y su precariedad en muchas zonas.
Al poco tiempo pasó lo que tenía que pasar: un día avisaron que mi abuelita había fallecido. Sinceramente, no puedo recordar la cara de mi padre, pero ahora imagino el terrible dolor que sufría por dentro. El mundo en ese momento se cerró para mí. No conocía nada sobre la muerte y era la primera vez que estaba tan cerca de ella.
Ese día, todo el mundo desapareció a mi alrededor; solo estaba yo, frente a mucha gente llorando. No pude sentir nada hasta hace unos años, cuando tristemente caí en cuenta de que nunca la volvería a ver. Ese día comenzaron los preparativos de su sepelio; traían café y galletas, y mi abuela muerta en un ataúd, con un vestido blanco y bien maquillada. No sentí nada al verla, no sentí nada al ver a los demás llorar. No recuerdo la cara de mi padre, pero hubiera preferido llorar con él que hacerlo solo tiempo después. Quizá mi mente borró esos recuerdos, quizá no, pero siempre la llevaré conmigo en mi corazón. Nunca superé su muerte y nunca lo haré. Escribo esto con un nudo en la garganta y es todo lo que escribiré por hoy.
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| Foto mía con mi abuela, en mi cumpleaños 4. |