jueves, 28 de agosto de 2025

Capitulo III El tiempo no cura todo

Como ya te disté cuenta, tuve una buena infancia. Cargada de muchas emociones, sí, pero buena al final de cuentas. Quizá toda esa vivencia, esos sentimientos y emociones, me llevaron a ser la persona que soy. No voy a describirme claramente, lo dejo a tu consideración. No soy tan egocéntrico como para escribir un blog en el que solamente me describa como la mejor persona del mundo. ¡Qué va!

Nunca fui adepto al amor que me daba el exterior; no simpatizaba mucho ni con las niñas ni con los niños. Solo me gustaba tenerlos cerca, no sentirme solo. Por eso siempre trataba de llevar mi mejor juguete al kínder. De pequeño solamente tuve un mejor amigo, no me juntaba con nadie más. Lo rescaté en una situación valiente: yo, un pequeño escuálido, salvando a un niñito más alto que yo, más robusto que yo, y en ese entonces, más inteligente que yo. Digo "en ese entonces" para sentirme un poco menos mal.

Lo conocí en el kínder, a mi primer mejor amigo. Sí que suena raro escrito así. Había un niño llamado Azael, que era un maldito infierno. Todos le temíamos. Era de esos malditos niños pesadilla que molestaban a otros sin sentido, golpeaban e insultaban. Siempre detesté a ese tipo de niños; nunca pude hacerles frente hasta que cursé el quinto año de primaria. En fin, Azael —con el tiempo lo supe— venía de una familia muy problemática: abuso de drogas, tráfico y violencia. Triste, pero eso explicaba bastante su comportamiento.

Aquel día, Azael le metió el pie al pequeño que me acompañaría todo mi kínder, primaria y secundaria. No diré su nombre, pero si algún día llega a leer esto, seguro sabrá quién es. Cuando cayó, le extendí la mano para levantarse, y así comenzamos a hablarnos.

Ahora confesaré un crimen que cometí en su contra: un día, él llevaba una abejita de Bee Movie al kínder. Yo, lleno de celos y rabia, hice que la maestra se la quitara y la guardara en un bote. Cuando nadie me estaba viendo, la tomé y la destrocé. No dejé huellas, ni rastro alguno. Fue un crimen limpio.

Después de eso fuimos amigos mucho tiempo. Nos llevábamos bien, aunque no todo era perfecto, claro está.

Durante mi estadía en el preescolar, recuerdo pasar horas y horas ahí. Todos los niños se iban a las 12, y yo me tenía que ir hasta las 3 o 4. Para un niño de esa edad, era una eternidad. La razón era muy simple: mi hermano se olvidaba de pasar por mí. Nunca quiso hacerlo. Yo, aunque conocía el camino a mi casa —que básicamente eran dos o tres cuadras—, permanecía ahí hasta que la señora de intendencia me llevaba a casa. Siempre se lo agradeceré.

Mi hermano jamás pasó por mí. Mi mamá trabajaba todo el día, pues tenía que tomar dos trabajos para poder ajustarse al mes. Siempre la veía en el recreo: me llevaba mi comida, pero a la hora de la salida no la volvía a ver hasta la noche.

Fue bonito vivirlo. Mi infancia, desde la perspectiva de un niño, fue agradable; desde mi actual perspectiva, fue muy triste.

 


martes, 26 de agosto de 2025

Capitulo II Viviendo sin causa

Bien, no tuve tiempo durante toda la semana pasada para poder continuar con esto. Me hubiera encantado hacerlo todos los días, pero sinceramente no funcionó; cuando intentaba escribir, me llegaba más trabajo. Sin embargo, ya estoy listo para continuar y tuve suficiente tiempo para pensar cómo seguir con este capítulo. Ya te conté un poco de mi niñez, creo que continuaremos por ahí.

Recuerdo bastante poco de los últimos cinco años, un poco de kínder y algunos de mis días libres. Cuando era pequeño, hablaba mucho, todo el día; no hacía otra cosa más que hablar. Mis hermanos, hartos de mí, le pedían a mi madre por favor que me callara un rato, pero era lo único que podía hacer: hablar y hablar, aunque debería haber estado invirtiendo en bienes raíces. Me encantaría saber de qué hablaba, si era relevante o mera curiosidad, si en verdad tenía un poco de sentido o si era pura palabrería vacía. De todos modos, tenía como dos años; ¿qué de interesante puede decir un niño a esa edad?

Mi infancia transcurrió lenta, muy lenta. Fui un niño bastante feliz. Carecíamos de algunas cosas que siempre ignoré. No porque quisiera ignorarlas, simplemente no notaba esas diferencias, no tenía punto de comparación. Solo conocía a algunos primos y todos estábamos en la misma situación o en una similar. Cuando eres pequeño, mientras tengas cariño, eres feliz con muy poco. Nunca imaginé que mi infancia sería tan plena y que la recordaría con tanto orgullo, alegría y nostalgia. De no ser por mi mamá, estas palabras no estarían escritas aquí. Ella se encargó de darnos todo lo necesario y de suplir con cariño y amor lo que hacía falta.

No quiero que me malinterpreten: el cariño y el amor no suplen lo básico, eso es obvio; jamás fue así. Me refiero a juguetes caros, salidas y otras cosas. Recuerdo que de niño siempre estuve obsesionado con los soldados; para mí lo eran todo. Yo juraba que de grande sería un militar ejemplar y mataría a muchos malos con mi arma. Por supuesto, no fue así, pero a menudo le pedía a mi mamá juguetes relacionados con eso. Recuerdo mucho una ocasión en la que tenían que inyectarme. Nunca tuve problemas con eso, pero mi mamá prometió que si lo hacía, me regalaría una bolsita de soldados, esos que son de plástico verde o café y tienen una pose fija. Por supuesto, ella cumplió y fui la persona más feliz del mundo.

Quiero aclarar que no solo mi mamá hizo mi infancia tan feliz. Mi abuelita, Gudelia Chávez Sánchez, que sale en la foto del capítulo cero, siempre me cuidó y de igual forma me mostraba su cariño con frases como "mi niño" y "chiquito", que para mí ya significaban mucho. Ella solía llevarme a mí y a mi hermano al mercado de mi pueblo y nos compraba algunos dulces que eran solo azúcar con colores llamativos, en forma de pelota con pinchos. He buscado en internet, pero no los encuentro, así que te dejaré un dibujo de ellos.



No solo nos daba esos dulces, también unas piedrecitas de colores que sabían a chocolate. Esas cosas me maravillaban; ¿cómo era posible que las piedras supieran a chocolate? Recuerdo muy bien que había unos juguetes que para mí eran alcancías con forma de ganado, toros en especial, de color negro o blanco, y me encantaban. Ella siempre me regalaba uno y yo era el más feliz. A veces me compraba luchadores de plástico o camioncitos con animales. Disfruté mucho tiempo acompañándola. La quería muchísimo, pero un día se fue. No volví a saber de ella hasta mucho después. Nadie me dijo nada; ¿por qué habrían de hacerlo? Su destino fue San Juan del Río. Tenía insuficiencia renal, una enfermedad increíblemente dura y difícil de superar tanto para el paciente como para la familia. No tiene cura. Su tratamiento era hemodiálisis, un procedimiento riesgoso que termina afectando la calidad de vida de los pacientes. Sin embargo, es un buen soporte vital mientras se espera un riñón sano para trasplante, pero eso solo en otros países o en personas allegadas a la política.



Mi abuela Gude trabajó mucho tiempo en el mercado, vendía cosas varias y, conforme su salud empeoraba, ella dejaba de trabajar. Yo no lo notaba, pero cuando nos llevaba al mercado a pasar el día con ella, ya estaba bastante enferma, aunque creo que ni ella misma lo sabía. El tiempo pasó a su ritmo. Cuando mi papá llegó luego de estar un tiempo aquí, su primera consigna fue cuidar a su madre. Quiero creer que esa fue la razón por la que volvió. Se fue a San Juan del Río y comenzó a trabajar allá en una fábrica. Vivía con mi abuelita Gude y una de mis tías. Él la llevaba a su tratamiento de hemodiálisis y no me imagino lo duro que fue para él ver a su madre morir poco a poco. Trabajaba, y su dinero iba para él y para el tratamiento de mi abuela. Un tiempo después de que él ya estaba establecido, me fui a vivir un tiempo ahí. Durante las vacaciones esporádicamente visitábamos a mi abuela, pude hacerlo antes de que mi papá fuera a vivir allá.

Fue en quinto de primaria cuando mi papá decidió irse a vivir allá, y yo, por consiguiente, me fui en esas vacaciones de verano. Era agradable vivir ahí, pero si en mi casa la situación era difícil, allá era peor: sin luz, sin tele, a veces comiendo muy poco y precariamente. Mi tía tenía dos hijos y tenía que trabajar para ellos y para mi abuelita, al igual que mi padre. El tiempo que pasaba con ellos ahí era único. Siempre los recordaré como los ratos de mayor cercanía con mi papá. Pero cuando mi abuela estaba grave o sufría un infarto en la máquina de diálisis, los días se volvían grises, como en las películas. Fue poco tiempo el que estuve con ella y con ellos, pero aun así lo sentí como una eternidad. Odio San Juan del Río y siempre lo odiaré, no por lo que sucedió, sino por sus paisajes y su precariedad en muchas zonas.

Al poco tiempo pasó lo que tenía que pasar: un día avisaron que mi abuelita había fallecido. Sinceramente, no puedo recordar la cara de mi padre, pero ahora imagino el terrible dolor que sufría por dentro. El mundo en ese momento se cerró para mí. No conocía nada sobre la muerte y era la primera vez que estaba tan cerca de ella.

Ese día, todo el mundo desapareció a mi alrededor; solo estaba yo, frente a mucha gente llorando. No pude sentir nada hasta hace unos años, cuando tristemente caí en cuenta de que nunca la volvería a ver. Ese día comenzaron los preparativos de su sepelio; traían café y galletas, y mi abuela muerta en un ataúd, con un vestido blanco y bien maquillada. No sentí nada al verla, no sentí nada al ver a los demás llorar. No recuerdo la cara de mi padre, pero hubiera preferido llorar con él que hacerlo solo tiempo después. Quizá mi mente borró esos recuerdos, quizá no, pero siempre la llevaré conmigo en mi corazón. Nunca superé su muerte y nunca lo haré. Escribo esto con un nudo en la garganta y es todo lo que escribiré por hoy.

Foto mía con mi abuela, en mi cumpleaños 4.

miércoles, 20 de agosto de 2025

Capitulo I

Anteriormente te hablé sobre mi padre y cómo fue una parte de su vida en EE.UU. Quizá creas que tengo una mala imagen de él, pero no; agradezco por su vida siempre y le doy las gracias por encargarse de mí en los últimos años, y por darme de pequeño cosas que apreciaré para siempre. Debe ser sumamente difícil ser padre, pues, a pesar de que biológicamente estamos preparados para ello, la individualidad o libre albedrío siempre te salva de ello.

Cuando era bastante más chico de lo que soy ahora, quería tener hijos. Soñaba con la idea de cuidar a alguien y educarlo mejor de lo que me educaron a mí. Mejor, siempre mejor. No quiero ni imaginar lo que vivió mi papá en su niñez si quiso ser mejor con sus hijos. Al menos conmigo fue bastante distante; con mis hermanos fue otra historia. Estuvo para ellos y vivió para ellos. Aun así, los lazos que tienen ahora con él los considero malos. Tal vez sea porque se llenaron de resentimiento.

Siguiendo con la idea de ser padre, realmente me parecía bastante bueno llevar mi vida así: crecer, casarme con alguien, tener hijos, cuidarlos y morir. Ahora miro las cosas bastante diferentes, tan es así que decidí acabar con esa posibilidad en un 99%. Porque la medicina no te asegura un cien por ciento. Me hice lo que los dueños le hacen a sus gatos, y de paso, un pequeño favor al medio ambiente y a las futuras generaciones. Son lindos los bebés, claro, pero apenas comienzan a crecer y desarrollan conciencia propia, están listos para matarte en cualquier instante con sus pequeñas manos o para acabar con tu vida, tu diversión, todo lo bueno que tiene esta triste vida.

Los religiosos y los apegados a la iglesia podrán decirme que estoy equivocado, que soy un pecador insensato, pero si a esas vamos, deberían juzgarse primero por golpearse tanto las bolas de niños o vivir en un mundo lleno de radiación. De igual forma, quizá hubiese sido un padre terrible, o lo seré. El futuro es bastante incierto. Me enojo con facilidad y no creo en la crianza respetuosa.

Tal vez solo sea mi mente tratando de protegerme de mi infancia y de mi difícil o inexistente relación con mi padre. Sea lo que sea, me ha ahorrado el dinero de toda una vida. No quiero sonar muy egoísta, pero al igual que las mujeres, los hombres también deberíamos poder decidir no tener hijos. Claro que antes de concebirlos, infeliz. Odiaré por siempre a las personas que abandonan a sus hijos.

De niño creía que los otros niños de mi kínder que no tenían a su padre consigo lo tendrían en EE.UU., igual que yo. Qué equivocado estaba. Incluso había uno cuyo padre había muerto en un accidente aéreo, y nos contaba, siempre que pasaba un avión, que su padre iba ahí y que esperaba volver a verlo. Yo, por supuesto, pensaba que se dirigía hacia los Estados Unidos. De pequeño recuerdo que era difícil conseguir amigos. Para tener el reconocimiento social de un montón de niños de kínder era necesario traer un juguete lindo, novedoso, que nadie más tuviera. Mi papá, por supuesto, nos enviaba juguetes de vez en vez, muy lindos. Eran bastante llamativos y, por supuesto, novedosos. Era la sensación un día, y al día siguiente otro niño llevaba algo mejor. Era difícil quedarse solo, pero no fue por mucho tiempo así para mí. Pero te lo contaré después.


martes, 19 de agosto de 2025

Capitulo piloto

Hola, mi nombre es Rodrigo. Soy un estudiante universitario, específicamente de la Licenciatura en Enfermería. Mi propósito con este blog es hacer algo similar a una bitácora, pero trataré de abordar todo mi recorrido por la facultad. Llevo ya tres años cursando esta carrera y, sinceramente, ha sido lo mejor que me ha pasado.

Nunca imaginé que la Licenciatura en Enfermería me traería tantos desafíos, pero también tantos consuelos, alegrías y paz. Me siento afortunado de haber ingresado en este campus en el que estoy, pues, de una selección de 70, solo se aceptaban a 10. Claro, estoy viviendo en un pequeño pueblo de un estado de México, pero, aun así, hubo que prepararse y dedicarse a esto.

Cuando salí de la preparatoria —que, por cierto, la cursé en la misma institución en la que estoy ahora— no sabía qué hacer con mi vida. Tenía un plan de vida a mediano plazo que era factible en la prepa; sin embargo, mi padre enfermó… o, mejor dicho, ahora que puedo decirlo, su enfermedad se complicó. Una que él no sabía que tenía. A saber, de esas enfermedades tan diabólicas que son silenciosas para las personas que les importa poco su salud, pero no porque quieran, sino porque se vive todos los días trabajando para poder sobrevivir. Sí, ese fue mi caso. Creo que te contaré un poco sobre mi padre, para que me conozcas un poco más antes de conocerme de verdad.

Mi padre es, ahora en mi perspectiva, alguien maravilloso. Durante mi infancia fue alguien ausente; nunca estuvo para mí más que mi primer año de vida, y aun así puedo decir que hasta ahora intenta compensar todo ese tiempo. Yo no lo conocí hasta los 7 u 8 años y no sabía quién era él. Lo había visto en algunas llamadas de Messenger con mi mamá, pero nada espectacular: miles de píxeles acumulados que no daban ni la mínima posibilidad de distinguir algo, en un ciber que cobraba cinco pesos por hora, cosa que mi madre no se podía permitir a menudo. En fin, ahí estaba mi padre. Recuerdo que me hacía promesas vacías. Me decía que me había comprado una jirafa y que me la llevaría cuando él volviera a vernos. Vaya tontería, que creí hasta el día en que lo vi, conscientemente, por primera vez.

Él era chofer de taxi. Tenía su propio taxi y todo. En aquel tiempo, los taxistas acostumbraban modificar sus taxis de formas extravagantes, algo así como en Japón, pero de cultura mexa. Trabajó desde muy joven, quizá desde los doce años —no recuerdo muy bien—. Tuvo que hacer frente a la necesidad, pues la muerte de su padre trajo varios estragos a su familia. Único hombre en una familia de cinco, el menor de hecho, al igual que yo. Le tuvo que hacer frente a la vida, y la verdad, lo admiro mucho por eso. Quisiera tener la mitad de lo que él fue en su vida. Viajó por todo México, obviamente por trabajo, y cuando decidió sentar cabeza, lo hizo con mi madre, la mujer más linda del mundo.

Se enamoraron jóvenes, no recuerdo si fue a los 20, pero comenzaron con dos hijos de un año de diferencia: mi hermana mayor y mi hermano (también mayor). Ellos me cuidaron y me siguen cuidando con un amor increíble. Después, mi hermano del medio, quien ha tenido bastantes conflictos conmigo, pero eso te lo contaré después. Finalmente, nací yo, el menor de cuatro. Tan solo un año después, mi padre se fue… por necesidad, quizás, o tal vez quería escapar de su cansada vida. Se fue para trabajar en Estados Unidos de América. Así es: el “sueño americano”, que más que un sueño fue una pesadilla para mi madre. A partir de ahí, viví sin saber quién carajos era.

Mi madre me cuenta que nunca se presentó en el hospital para cuidarla mientras estaba en trabajo de parto, para que yo pudiera nacer. Que solo un vecino fue a verla y le dejó 20 pesos. Joaquín se llamaba. Era el novio de mi abuelita, mamá de mi papá. Y bueno, quizá fue porque tenía otra mujer, quien un año después, por las mismas fechas, tendría una bebé que sería mi media hermana —que no conozco—, o tal vez porque no me quiso en un principio. De todos modos, eso no me importa ya. Lo he sanado y dejado pasar. Quizá solo de eso se trata la vida: de agarrar… y aprender a soltar.

Recuerdo muy bien que el acta de nacimiento de mi media hermana la encontré por sorpresa, a los 9 años, en las cosas de mi papá. Me tomó por sorpresa, pues tenía una fecha similar a mi nacimiento. Pensaba que tal vez se habían equivocado, pero luego de preguntarle a mi mamá, me contó que no era su hija, pero sí de mi padre. Fue algo nuevo para mí, pero en ese momento no causó gran impacto. En fin, todo el tiempo que pasó en EUA nunca envió suficiente dinero; enviaba lo que le sobraba de emborracharse y gastarse en su mujer. Incluso se la llevó con él, cuando mi mamá lo estaba esperando esperanzada cada semana, a que le enviara 500 pesos que no alcanzaban para nada. Ya no puedo contarte más sobre su travesía en ese país, pues nunca me he sentado a hablar con él sobre cómo fue realmente. Todo lo que sé, lo sé por mi madre.

Ya te contaré más adelante cómo fue. Le preguntaré. Quizá sea interesante conocer su punto de vista. A pesar de lo que te acabo de contar, quiero aclarar que no le tengo rencor. Nunca lo tuve. Siempre será mi padre y lo querre siempre. En realidad, nunca le he tenido rencor a nadie… más que a un maestro que me dijo que me iba a reprobar por decirle "pinche profe" cuando no me quiso creer que una compañera le había sacado el dedo medio y me levantó un reporte. Te odio, Santos.


Foto mía con mi abuela, en mi cumpleaños 4.

Capitulo X Despues de la calma siempre viene la tormenta

Ya sabes que estuve a punto de ser anexado, sabes que me drogué fuertemente en mi etapa de secundaria, aunque nada fuera de lo normal, solo ...