Como ya te disté cuenta, tuve una buena infancia. Cargada de muchas emociones, sí, pero buena al final de cuentas. Quizá toda esa vivencia, esos sentimientos y emociones, me llevaron a ser la persona que soy. No voy a describirme claramente, lo dejo a tu consideración. No soy tan egocéntrico como para escribir un blog en el que solamente me describa como la mejor persona del mundo. ¡Qué va!
Nunca fui adepto al amor que me daba el
exterior; no simpatizaba mucho ni con las niñas ni con los niños. Solo me
gustaba tenerlos cerca, no sentirme solo. Por eso siempre trataba de llevar mi mejor
juguete al kínder. De pequeño solamente tuve un mejor amigo, no me juntaba con
nadie más. Lo rescaté en una situación valiente: yo, un pequeño escuálido,
salvando a un niñito más alto que yo, más robusto que yo, y en ese entonces,
más inteligente que yo. Digo "en ese entonces" para sentirme un poco
menos mal.
Lo conocí en el kínder, a mi primer mejor
amigo. Sí que suena raro escrito así. Había un niño llamado Azael, que era un
maldito infierno. Todos le temíamos. Era de esos malditos niños pesadilla que
molestaban a otros sin sentido, golpeaban e insultaban. Siempre detesté a ese
tipo de niños; nunca pude hacerles frente hasta que cursé el quinto año de
primaria. En fin, Azael —con el tiempo lo supe— venía de una familia muy
problemática: abuso de drogas, tráfico y violencia. Triste, pero eso explicaba
bastante su comportamiento.
Aquel día, Azael le metió el pie al pequeño
que me acompañaría todo mi kínder, primaria y secundaria. No diré su nombre,
pero si algún día llega a leer esto, seguro sabrá quién es. Cuando cayó, le
extendí la mano para levantarse, y así comenzamos a hablarnos.
Ahora confesaré un crimen que cometí en su
contra: un día, él llevaba una abejita de Bee Movie al kínder. Yo, lleno de
celos y rabia, hice que la maestra se la quitara y la guardara en un bote.
Cuando nadie me estaba viendo, la tomé y la destrocé. No dejé huellas, ni rastro
alguno. Fue un crimen limpio.
Después de eso fuimos amigos mucho tiempo.
Nos llevábamos bien, aunque no todo era perfecto, claro está.
Durante mi estadía en el preescolar, recuerdo pasar horas y horas ahí. Todos los niños se iban a las 12, y yo me tenía que ir hasta las 3 o 4. Para un niño de esa edad, era una eternidad. La razón era muy simple: mi hermano se olvidaba de pasar por mí. Nunca quiso hacerlo. Yo, aunque conocía el camino a mi casa —que básicamente eran dos o tres cuadras—, permanecía ahí hasta que la señora de intendencia me llevaba a casa. Siempre se lo agradeceré.
Mi hermano jamás pasó por mí. Mi mamá
trabajaba todo el día, pues tenía que tomar dos trabajos para poder ajustarse
al mes. Siempre la veía en el recreo: me llevaba mi comida, pero a la hora de
la salida no la volvía a ver hasta la noche.
Fue bonito vivirlo. Mi infancia, desde la
perspectiva de un niño, fue agradable; desde mi actual perspectiva, fue muy
triste.
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